Las circunstancias han llevado que en estas últimas semanas haya conocido y compartido con personas de muy bajo poder adquisitivo. Vamos, con gente pobre, muy pobre.Yo como miembro de una familia clase alta caraqueña no había tenido la oportunidad real de conocer cómo es la vida del otro lado. La vida de los otros.
Desafortunadamente lo que he podido ver está lleno de clichés. Yo crecí con la sensación de que nada de lo que tenía me lo merecía, porque los otros, la otra mitad del país vivían de la forma en la que lo hacía porque nosotros habíamos truncado su camino. Esto a pesar de la historia de mis abuelos: mi abuelo quedó huérfano a los 7 años y comenzó a trabajar para ayudar a la tía Armanda a mantener a sus cinco hermanas (mi abuelo iba a ser la última y la iban a llamar Caridad) y así trabajó como un burrito de carga hasta poder darle a mi mamá 27 paises del mundo, y a mí, el mundo entero.
Sin embargo, durante todos estos días he visto como son trabajadores, sí, pero también son cuatreros, tienen hijos como conejos que luego no pueden mantener, llegados los viernes es una sola bebedera hasta el domingo, tienen DirecTV que cuesta como 500 bolívares al mes (yo jamás he puesto directv siendo adulto, porque es mucha la carne que compro con la mensualidad), pisos de tierra y televisores plasma marca Samsung y Sony, etc.
He conocido delincuentes quienes confiesan nunca haber tenido un trabajo, porque siempre ha habido algo que robar, a alguien a quien secuestrar o matar (literal), lo que los ha mantenido en un nivel de vida "decente" toda su vida. Jóvenes de veintiún años con la calle marcada en sus rostros, con la sangre de sus víctimas en las manos, y quienes afirman que "el primer muerto es el que duele". La antítesis del médico, por ejemplo, cuya responsabilidad sobre la vida humana es tal que está grabado en la historia no escrita de la medicina que eventualmente por su causa algún paciente morirá. Pero solo uno está permitido, pues ese es la escuela necesaria para que no ocurra de nuevo.
He visto a estos hombres y mujeres llegar a sus casas diariamente con no menos de dos mil bolívares fueres ¡Dos Mil! y a la mañana siguiente solo queda para el pasaje en transporte público, o para la gasolina en el caso de los "pranes" de los barrios caraqueños.
He sentido el poder que con la sangre tiñen las calles; he estado en el guarataro, en el "23", en Catia, en La Bombilla, en Figueroa, y en tantos otros muchos lugares, a todas horas, con mi iPhone o mi tablet en la mano y cuando los malandritos se acercan y ven a la gente que me rodea, cambian de acera. Es decir, en mi presencia llamaron a una persona, le dieron mi descripción y la de mi carro, y hasta los policías dejaron de detenerme en las alcabalas.
Un par de semanas luego de haber salido de ese mundo, me prometí a mí mismo jamás volver a pisarlo. Mientras que en los círculos en los que me siento identificado un error se paga con una disculpa, allí, no abajo sino al lado, porque son nuestros vecinos, un error se paga con la vida. Cualquier acuerdo que se sella, se respeta porque si no:
"... te mato a tu mamá, a tus hermanos, a tus tíos y a tus abuelos. Y si tus abuelos están muertos, los desentierro y los mato de nuevo"
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